10.02.2007

Aunque llegue tarde: Naty

Recuerdo conversaciones en la sala de clases a los 16 años. Tuve la mala suerte de concluir la educación secundaria en un colegio liberal en ciertos aspectos conductuales, incluida la sexualidad, aunque muy conservador en otras materias. Digo mala suerte no por los rasgos conservadores que pudo haber tenido el colegio, sino porque de aquella liberalidad sexual que imperaba me tocó prácticamente nada.

Debía contentarme escuchando los relatos de compañeros y compañeras sobre sus incursiones sexuales, su placer, su atrevimiento, su permanente cruce de límites, todo contado con relajo y franqueza, con cierta madurez que, retrospectivamente, me asombra. Los que ya habían dado curso en pareja a su sexualidad compartían su experiencia con un entusiasmo alejado del morbo, como una celebración generosa del florecimiento de sus propios cuerpos.

En una de las tantas ocasiones en que fui oyente envidioso de sus proezas, la conversación llegó al tema del sexo oral. "Todas te lo chupan a los 21", dijo un compañero. "Qué asco, nunca lo voy a hacer", dijo una chica. "Nunca digas nunca jamás" replicó otra con sabiduría.

Hace 10 días vi "Wena Naty". Si mi compañero de curso de entonces tenía razón, la edad promedio del, digamos, consentimiento oral ha caído al menos en siete años.

Claro que algunas cosas han cambiado desde entonces. Hoy, prácticas como el sexo oral y anal suelen ser consideradas como parte de un repertorio previo a la relación sexual genital, lo que más bien era a la inversa dos décadas atrás. Sobre todo entre jóvenes de clases altas, esto es visto como una forma de preservar la virginidad y no correr el riesgo de un embarazo no deseado. El sexo sin pentración genital está menos asociado al compromiso, se corresponde mejor con el impulso de exploración propio de la edad.

La energía sexual de los adolescentes de hoy también es distinta. Hay más estímulos, más acceso gratuito y libre de trabas a la pornografía. Hay reggaeton. Si Dady Yankee hubiese existido a mis 16, tal vez algo de acción me habría tocado y no habría tenido que graduarme invicto.

Y está la tecnología. El papel impreso llevó la iniciación sexual a espacios cerrados como baños y dormitorios. Los medios audiovisuales crearon el descubrimiento sexual como una experiencia en grupo, como rito compartido entre amigos que robaban cintas porno de sus padres. La conjunción de portabilidad, digitalización e interconexión de nuestros días hacen de la experiencia pornográfica una actividad comunitaria que se comparte desde el anonimato. En un plano relevante, el ícono Naty es más importante que la escolar real que protagonizó la historia (hay planos donde sí deberíamos poner más atención a la joven real, sobre todo al discutir sobre su expulsión del colegio o sobre el machismo que tristmente impregna todo este asunto).

La relación entre privacidad y exposición pública que este caso ha traído a la atención de varios ha sido expuesta acertada y atractivamente aquí. Tal como lo dije en un comentario del sitio recién linkeado, me llama la atención que la escena se haya registrado en un espacio público, casi como una subversión del porno, que transcurre entre paredes para construir la fantasía de la violación de la intimidad de terceros. "Wena Naty" es declaradamente no íntimo. La tecnología ha convertido los espacios cerrados domésticos en sitios más públicos que los parques y las plazas, ahora confinados a refugio para lo que antes se hacía a escondidas, tras puertas cerradas.

Toda esta historia me ha llamado la atención sobre cómo se están redibujando las fronteras entre lo público y lo privado, entre adultez y niñez, entre sexo y afectividad. Wena, Naty.

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